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UN PATRIMONIO QUE SE EVAPORA

El último que apague la luz

En Alem y Gascón se encuentra “Ave María”, propiedad que todos conocemos como “la casa de Mariano Mores”. Adosando un terreno lindero se ha propuesto construir una torre de 19 pisos (pero que llega a alturas que corresponden a 23). El Honorable Concejo Deliberante autorizó el proyecto por vía de excepción con el argumento de que los propietarios donarían la casa a la Municipalidad dentro de 20 años, y mientras tanto ellos se comprometen a mantenerla hasta que ello ocurra.

 
 

En un estrafalario artilugio argumentativo la propia Municipalidad sostiene que esa torre va a vincular visual y espacialmente a los dos inmuebles declarados de valor patrimonial que quedan a uno y otro lado. Es decir “Ave María” con el chalet “Luis Ezcurra”, hoy el café Piazza. Será interesante ver cómo esos dos chalets van a resultar más visualmente vinculados entre sí con semejante mole en medio.

Cumpliendo obligaciones ajenas

Lo increíble es que tengan que ser los ciudadanos de a pie quienes salgan a defender su patrimonio urbano. Sus autoridades, tanto del Ejecutivo como del Deliberativo, deberían ser soldados insobornables de esta defensa. Se supone que son los guardianes del interés comunitario. Pues no, los roles se invierten y son los particulares -a pesar de sus fragilidades frente a los aparatos gubernamentales- quienes se movilizan para frenar el atropello a los intereses comunitarios.

Particulares que ponen en juego su tiempo y recursos materiales para tratar de parar el disparate. En este caso varias personas agrupadas en entidades como Marplatenses Defensores del Patrimonio o la Asociación civil para la Defensa y Protección Urbanística del Barrio Stella Maris. Fueron ellos los que presentaron un amparo ante la Justicia, que en primera instancia les hizo lugar y resolvió que la Municipalidad debía aportar los estudios de impacto ambiental, tal como prevé la ley, y “conferir participación a la ciudadanía”.

Como si esa indicación no estuviera basada en principios de la más básica racionalidad, la Municipalidad apeló. La Cámara respaldó al juez y ahora las autoridades comunales deben cumplir con lo que manda Tribunales, al menos en lo que respecta a consultar a la ciudadanía en razón de que a las pocas horas de interpuesto el amparo la empresa presentó una Evaluación de Impacto Ambiental que la Municipalidad aceptó como válida.

Tremendo impacto ambiental

Aportado por los demandantes un estudio del impacto ambiental que produciría el edificio Unkanny (así se llama), es por demás alarmante. Luego de analizar cuestiones de orden técnico ambiental el profesional interviniente sostiene que “un cálculo simple indica la ganancia neta para la empresa es de más de una decena de millones de dólares. Esta enorme ganancia de un privado se da a costa de lo que los economistas llaman externalidad negativa, es decir las decisiones de consumo, producción e inversión que toman las empresas y que afectan a terceros que no participan directamente en esas transacciones.”

“En otras palabras -continúa diciendo- la desarrolladora inmobiliaria gana millones de dólares a costa de la destrucción de un paisaje que es de todos, de un enorme cono de sombra sobre más de diez manzanas, de cambiar la línea de horizonte urbano, de alterar el microclima local provocando la aceleración de los vientos, entre otras problemas. Impactos que nunca sabremos previamente, porque no se ha realizado la Evaluación de Impacto Ambiental que prevé la ley”.

Negocio redondo

Es decir, nos quieren convencer de que los propietarios son tan generosos que la Municipalidad no puede más que rendirse a una oferta tan seductora. El que crea que ese arreglo es una conveniencia absoluta desde el punto de vista de la especulación inmobiliaria para los dadivosos propietarios es un mal pensado.

Ahora bien. ¿A título de qué la Municipalidad quiere conceder excepciones para construir una torre en ese lugar? Se podrá decir que es una inversión, que genera trabajo, que contribuye al desarrollo de la ciudad y que, además, deja un inmueble al Municipio.

Sobre esto último habría que preguntarse sobre la pertinencia de que la Municipalidad incorpore otro bien cuando los que ya tiene y deberían estar dedicados al disfrute público están en un estado calamitoso que avergüenza a quienes lo visitan. Cuál sería el rédito social que generaría ese inmueble y qué funcionaría allí, sería una pregunta obvia. Si debemos guiarnos por cómo funcionan otros organismos el futuro no se presenta muy prometedor.

Pero aun olvidando estas prevenciones vale la pena formularse otra pregunta: ¿se justifica alterar el patrimonio urbano, afectar un bien declarado de valor patrimonial, proyectar grandes conos de sombra en el barrio y al atardecer en la costa, entorpecer el tránsito en la zona, hacer colapsar los servicios y muchas otros perjuicios derivados de semejante mole... a cambio de que la Municipalidad se haga de otro inmueble? Pues en mi barrio a eso se le llama comer viruta y evacuar tablones.

Para muestras basta un botón

Hace ya muchos años el Honorable Concejo Deliberante en una sesión muy caliente terminó aprobando la construcción del Bristol Center. El argumento fue que se construiría una sala teatral que quedaría para el Municipio. Hoy el Bristol Center es epítome de la degradación y la pauperización del microcentro, que se ha tornado poco menos que en la zona más desjerarquizada de la ciudad... por no ir más allá con los adjetivos.

En muchas países hay espacios que generarían mil veces más ganancias si se permitieran emprendimientos inmobiliarios. No es necesario nombrar ciudades en el mundo que nosotros admiramos por su preservación. A nadie se le ocurre en esos lugares afectar un bien patrimonial y destruir sus valores arquitectónicos a cambio de un momentáneo rédito económico… que beneficiará a un particular.

Mar del Plata sigue siendo bella, básicamente por sus atributos naturales. No hemos podido todavía destruir por completo su litoral costero, aunque algunas intervenciones sean muy malas. El mar sigue en su lugar y el sol asoma en su horizonte. Pero aquellos tesoros de ese conjunto urbano -que de haberlos preservado nos permitirían hoy ufanarnos de tener la ciudad más espectacular de América y una joya en el mundo-... fuimos derrumbándolos uno por uno.

Pareciera que la pretensión es construir una ciudad sin carácter, igual a muchas otras que a expensas de la especulación erigen barreras de edificios en su costa, y, además, generalmente con obras que no van a quedar precisamente para los anales de la Arquitectura.

Nadie ignora que es imposible ordenar el espacio urbano sin considerar excepción alguna. Pero los términos, razones y condiciones de esas excepciones deben estar regulados previamente. De lo contrario triunfarán siempre los que tengan el suficiente dinero o los pertinentes vínculos políticos para imponer su voluntad.

Hace mucho tiempo un intendente polemizó con un periodista capitalino que llamó a Mar del Plata la “ciudad prostibularia” queriendo transmitir que se ofrecía al mejor postor. Después de tantos años apena saber que no es ese un debate clausurado.

Nino Ramella

 
     
 

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